Escuela de Ñacunday: un compromiso con los niños

Doscientos ochenta niños acuden diariamente a clases dictadas bajo las carpas de la denominada “Escuela Itinerante y Colegio Nacional Puerto Itaipyté”, en el asentamiento Santa Lucía, de Ñacunday. La peculiar institución funciona desde el preescolar al 7° grado de la Educación Media, en los turnos mañana y tarde.

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Llamar aulas a las improvisadas ocho carpas que protegen precariamente del sol a desvencijados pupitres y pizarrones rotos, es más que pretencioso.

Pero las penurias no impiden que el director de la escuela, profesor Robert Ramírez, y los 10 docentes den clases a los hijos de los sintierras de Ñacunday.

 

“Soñamos con tener algún día no lejano aulas de material con pisos, agua y sanitarios para los niños”, dice Ramírez.

 

Sin embargo, algunas autoridades de la zona se empeñan a desconocer la escuela de los carperos. “La Coordinadora Departamental de educación, Ana Ríos, afirma que aquí no hay alumnos, refiere indignado el director de la escuela itinerante.

 

“Si aquí no existieran alumnos, el Ministerio de Educación no nos habría enviado los kits escolares, y tampoco tendríamos rubros, aunque incompletos”, señala el docente cuyo uniforme diario tiene impregnado el sello de la roja tierra alto paranaense.

 

Para la mayoría, la docencia como un apostolado ya solo forma parte de la retórica o el olvido. Pero Ñacunday es una molestosa presencia vigente de entrega y abnegación. “Aquí no tenemos otra opción que estudiar y aprender. Y tenemos la ventaja de que nuestros alumnos no cuentan con los costosos teléfonos que los distraiga”, resalta el director.

 

Lo dejó todo por los niños más humildes

 

“Un día vine de visita a este lugar, y me dolió tanto la situación de los niños sin posibilidades de estudiar y decidí quedarme en Ñacunday a dar clases en la intemperie”, cuenta el profesor Benicio Román Flores, oriundo de Encarnación.

 

Se le entrecortan las palabras cuando recuerda que el 26 de marzo de 2012 los niños y docentes de la escuela itinerante fueron sorprendidos por un aparatoso operativo judicial y policial que pretendía arrestar al entonces procesado por varios delitos y prófugo dirigente carpero Victoriano López, hoy recluido en la cárcel.

 

“Rodearon la escuela disparando, bajo el ruido ensordecedor de dos helicópteros. Los padres fueron arreados y obligados a punta de escopetas a tenderse en el suelo, frente a los escolares, cuando en un momento dado los policías dispararon contra un grupo de personas y uno de los alumnos fue traspasado en su muslo derecho por un proyectil”, relata el profesor Román Flores. Ese tipo de zozobras era común en el lugar hasta hace poco, añade.

 

El docente pide que el MEC envíe un sicólogo para tratar a los niños que hasta ahora no pueden superar el trauma de aquellos sucesos.

 

Rodeados de interminables sojales, bajo el sol quemante de Ñacunday, los compatriotas sin tierras siguen aferrados a la esperanza de que las letras del himno que cantan sus hijos en la escuela itinerante por fin, y en breve, se haga realidad: unión e igualdad.

 

 

Fuente: INDERT

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